Cultura

Marianito, el impresor

Jorge Magariño

Para mi amigo Che Gera

En el verano del 85 tuve mi primer acercamiento con Macario Matus, estábamos a la mitad de la brillante década en que él habría de conducir aquel barco llamado Casa de la Cultura. Noble capitán, Macario supo darle rumbo a esa nave, con sus relaciones, sus ideas y sus ocurrentes formas de hacer que instituciones o personas allegaran recursos para las actividades, con frecuencia sobresalientes, que él buscaba.

(Esto es, no se quedaba sentado esperando la llamada de algún alma de dios que quisiera ir a exponer o leer o cantar en los espacios de la Casa, como luego ocurrió desde su salida, allá por 1989.)

En la esquina poniente del ala sur se instaló un taller de poesía que el hermano Matus coordinó. Un cartelito hecho a mano invitaba a inscribirse para acudir a las diarias sesiones. Acepté el convite.

No recuerdo quiénes participaron durante las quince tardes que duraron las pláticas, los comentarios, las observaciones del Maestro, mientras los presuntos poetas leían sus arrimos, sus balbuceos.

En una de esas tardes, si no mal recuerdo, llegó un joven con un manojo de textos bilingües, sonetos incluidos. El coordinador se levantó de su silla, lo recibió con entusiasmo y le dijo que luego entregaría las hojas a la imprenta, para que ya comenzaran a armar los componedores, las galeras. Una vez que estén listas las pruebas, te llamo para que revisemos, le comentó en zapoteco, que en tal lengua conversaban ambos. Aquel joven de veintiséis años firmaba sus poemas con el seudónimo de Víctor Terán.

Se retiró el incipiente escritor, finalizó la sesión, y Macario me mostró con orgullo la carpeta contenedora de versos. Abrió sus ojos todo lo que pudo y exclamó “cómo la ves profesor, sonetos en zapoteco, uta madre. ¡Marianito va a tener mucha chamba!”

Marianito, lo supe después, era el maestro impresor que se hacía cargo de componedores y galeras, aplicar tinta, darle vuelta a la prensa, retirar planas, hacer que las viñetas aportadas por pintores locales o tomadas de alguna ilustración quedaran estampadas en la cartulina de portada, encuadernar, y entregarle a Macario cien ejemplares de alguno de los bisoños autores que fueron publicados en la legendaria serie Tortuga transparente.

¿Quiénes se adhirieron al caparazón de aquella Tortuga? Hundo la mano en mi memoria y salen algunos nombres y títulos: Víctor Terán, Diidxa xhieeñee; José Alfredo Escobar, Estado del tiempo; la luminosa Rocío González y sus Poemas; Antonio López Pérez, Flor de agua; Enedino Jiménez firmando Cuatro poemas y el mismo amor.

Se montaron en aquella cabalgadura también: el poeta gululush Dionisio Hernández Ramos envuelto en un Fuego de un mismo árbol; Esteban Ríos y su Desandar la memoria; Francisco de la Cruz con la Palabra derretida; Alejandro Cruz, Se cancela por olvido; el chiapaneco Joaquín Vásquez Aguilar y el Cuaderno perdido; y así hasta sumar no sé cuántos poetas y tantas plaquettes.

No en la Tortuga, pero sí de aquel Impresos Cheguigo, ubicado a la orilla del callejón de Los cocos, salieron también las Erotomanías de Guillermo Petrikowsky que, luego de una lectura en Casa del tiempo, en el entonces Distrito Federal, le soltó a una periodista: “yo soy el más erótico de los poetas del Istmo”. La joven huyó despavorida ante la mirada fáunica del hablante.

De ahí, de las manos de Mariano Valdivieso, surgieron las pruebas que Macario y yo fuimos a revisar una tarde en el callejón, donde se fundían casa y taller del impresor. Al amparo de tres cahuamas, media docena de limones y un puño de sal -corchetes de por medio y anotaciones al margen- concluimos que el poemario estaba ya listo para el tiraje. El debutante escritor no cabía en sí de la emoción. El olor de la tinta fresca, las letras –¿era times new roman?- su nombre a la cabeza de la portada, y la gloriosa espuma, claro, le hacían creer que pisaba aires de inmortalidad.

Marianito regresó a la prensa haciendo pequeñas pausas para apurar su vaso, mientras que nosotros lo veíamos trabajar y escuchábamos el rítmico sonido de los engranes. Mi flaca memoria quiere que nos hayan ofrecido un platazo de caldo de pollo para acolchonar la caída de la espuma, el hecho es que se llegó la hora en que el legendario creador de la tortuga inconsútil ordenara la retirada.

Seguí viendo a Mariano, a veces en su taller, cuando pasaba a saludarle, ocasionalmente en su querida Casa de cultura, mientras esperaba a que Macario revisara las pruebas en turno. Supe de paso de vicisitudes familiares, del cambio de lugar de su taller -instalado ahora junto al negocio de bloques y tubos de concreto del amigo Desiderio de Gyves-, de su salud un tanto quebrantada por el ajetreo vivífero.

La mañana del treinta de septiembre pasado leí una publicación de su hijo Gerardo, en la cual anunciaba que su padre había fallecido la noche anterior e invitaba para asistir al sepelio en el panteón de Cheguigo, el rumbo que Mariano nunca abandonó. Por delante de mis ojos se desgranaron recuerdos de aquellos años cuando yo recién había llegado del Distrito Federal y me integré a aquella partida de jóvenes con aspiraciones artísticas.

Por la rocola de mi memoria desfilaron las voces de Sabino López, Puga, Delfino Marcial, El greñas, Chefedo Escobar, el sonido en los vasos recibiendo su dosis de Carta Blanca en tamaño familiar, en La flor de Cheguigo, la sonrisa de Marianito que a veces se sumaba a aquella runfla.

Miré la pantalla de mi máquina en la oficina y comencé a escribir unas letras a la memoria del maestro impresor. Le pedí a Édgar que diseñara un “flyer” con las portadas de los poemarios salidos del callejón de Los cocos, imágenes facilitadas por Escobar, el poeta espinaleño. Era mi corona de flores para la tumba fresca del amigo.

A medio camino se fue la luz, hubo un corte de energía eléctrica por esta zona, me quedé a oscuras. Durante media hora esperé el regreso de la corriente para continuar, cosa que no ocurrió. Me levanté descorazonado y con la desazón de no haber guardado el texto avanzado.

Dos días más tarde me planto ante la máquina, continúo, me detengo, continúo y me detengo para buscar la palabra apropiada, la escena de aquella juventud transcurrida entre el sueño y la vigilia de la escritura, entre tragos de cerveza y el asombro de mirar a Macario bebiendo recios mezcales “sin alumbre”. Entre esos pasajes, Mariano Valdivieso imprime huellas de la Tortuga transparente.

Juchitán, 2 de octubre del 20.

 

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