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El niño que nadie quiso

Gerardo Valdivieso Parada

En la víspera del día de la Candelaria, un jovencito enjuto murió acribillado a balazos lejos “de la luz santa que guía hacia el buen camino y la redención” del candelero de la virgen, que junto a su hijo amado iluminan el mundo.

El escarnio general cayó sobre el anuncio de su muerte, nadie notó que se llamaba Wilbert sino “niño sicario” aunque no se haya documentado que haya matado a alguien. Hubo los que se alegraron de su muerte, los que lo pusieron de ejemplo del mal fin de los hijos cuando no se les inculcan valores, de qué otra manera iba a terminar un niño dedicado desde su primeros años al robo, concluían. Pocos lo vieron como una víctima de la vida difícil que le tocó por suerte.

Un portal expuso su cuerpo sobre el suelo, caído de la fría banca de esa noche de viento fresco y a su lado una pequeña bocina como si su compañera de siempre y última fuera la música, a falta del amor filial que lo expulsó a la calle.

Luego aparecía el video en que lo cargaban del suelo entre una pareja, hombre y mujer, para subirlo al barquero de hades y arcángel de la muerte que se ha convertido nuestro medio de transporte más usado. Nunca nadie se ha preguntado que la unidad que lo lleva a su destino, acaso en el mullido sillón se vertió la sangre del pariente inerte, las lágrimas de sus familiares, pero también que en el lugar en donde cómodamente colocamos nuestras posaderas también se sentaron los agentes de la muerte, drogados hasta desvanecer todo sentimiento humano, decididos a cumplir con lo encomendado, a la mano el arma fría del impacto certero.

Cuando llegó su imagen tomado erguido por la policía para la foto del archivo, vi su rostro de niño aún, de pronunciadas cejas, grandes ojos y el cuello fuerte y alargado que delataba su asomo a la edad adulta.

¿Cuál era su verdadero rostro? ¿el del delincuente sin perdón que vieron los que celebraron que cayera a balazos y no en un lugar en donde se intentara reformarlo? ¿el de los que vieron al niño víctima de su destino? Pensé que el rostro más próximo de su verdadera faz sería una de las tantas pinturas de Ernesto Cabrera Valdivieso.

Henri Bergson consideraba la función del arte conectar al ser humano de manera directa con las cosas, hacer visible lo invisible escribió Xavier Villaurrutia. Neto aborda en esta serie de retratos, aproximaciones (qué otra cosa es la poesía sino aproximarse, siempre rodear sin llegar al punto) a los verdaderos rostros de sus amigos de generación muertos por sobredosis o como el niño sicario ultimados a balazos.

Sólo el arte puede resumir en un cuadro lo que oculta el rostro que se ve superficialmente, en los retratos de Ernesto Cabrera no hay prejuicios, no hay una enseñanza moralizante, sino la violencia y el dolor con la que chocamos sin juzgar, sin apiadarnos, acercarnos de manera diferente a los jóvenes que nuestra sociedad vomita y luego olvida.

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