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Adiós infancia

 

Jorge Magariño

 

En el 81 28 de la avenida Efraín R. Gómez, la calzada que va del río de las nutrias al panteón Domingo de ramos (calzada, así le decíamos luego que la pavimentaron hará cosa de cincuenta años; previamente habían excavado la longa zanja que recibió los tubos de drenaje -servicio apenas iniciado en estas tierras por entonces-, ahí mismo se colocó la tubería conductora del bienhechor agua potable), en el 81 28 –digo- se mira el cascarón de lo que hasta hace poco fue la casa que resguardara los descansos, los sueños, los afanes, de Amelia Caballero, Mella que le decían los vecinos mayores, voz que aprendimos a decirle los menores.

 

Dos laureles, o parientes suyos, dan una mediana sombra a la acera. A la derecha se aprecia la puerta con motivos que algo recuerdan al nouveau, por ahí Mella salía para ir al mercado, muy propia, alta, de piel clara y ojos grandes, con su bolsa para cargar todo el mandado que más tarde serviría para atender a los de casa. Pero también para que los fines de semana, señaladamente los domingos, preparara unas garnachas dignas de un monumento, cercanas en gusto a las que salieron de manos de María Torres Urbieta, Mariá Nita, treinta años atrás.

 

En el 81 28, por esas rejas, se cuelan los recuerdos de una infancia que de pronto aparecen por los ojos hechos agua. Ahí junto, la casa de Ta mexhu, donde Julieta elabora un delicioso chilito, hecho con vinagre de piña, con la acidez justa para darle sabor a la lechuga de un pescado decembrino, para verter un poco sobre los aromáticos frijoles que prepara la abuela Nita Tolo, viuda ya de un Moisés Magariño, carretero que ha dejado los servicios de carga en la estación del tren, luego que varios bultos de mazorca volcaran sobre él, merced al tropel de los bueyes asustados por una víbora a medio camino.

 

Enseguida un callejón sin nombre abre paso para llegar al tendal, a la pequeña explanada de concreto, donde  un señor de apellido Morgan pone a orear el camarón recién traído de las lejanas tierras de Ixhuatán. A un lado, una docena de pequeños esperan la levantada de los mariscos para enseguida botar una pelota y comenzar el juego del futbol. Una cancha breve, acaso de quince por seis metros, pero que permite a Cirito, Mariano, Checha, Piñón y Chu Huini, mostrar sus tiernas habilidades (no sabemos que más tarde Chu Huini, Jesús Urbieta, será un gran pintor, con premios, ganancias y mucho afecto por las aguas fermentadas, afecto que le hará partir pocos años después de cumplir los treinta).

 

A veinte metros, Ta Pay nos mira, detiene un tanto el movimiento de la garlopa, sonríe y continúa, monta la escuadra sobre la madera, sopesa la corrección del desbaste y jala después otras tablas, para encolarlas, machihembrarlas, untarles barniz y dejar listo el féretro para un cristiano adelantado.

 

Detrás de un montón de ladrillos y piedras, a la vuelta de la casa vieja en que reposan las grandes ollas donde se curan en alcohol y piloncillo las ciruelas y los nanches de Cecilia Villalobos, el menudo Tomás Orozco menea el fuelle para alimentar con aire las brasas que en poco tiempo fundirán el oro, oro que se estira con pinzas y placas metálicas plenas de agujeros de diferente diámetro, para ir adelgazando el hilo, hilo que servirá para elaborar primores de orfebrería, mientras los hijos: Mariano, César, Ricardo, Yoya, Clara, Vilma, dedican sus esfuerzos al juego, al cuaderno de tarea o a la inocencia de la tierna infancia.

 

Todo esto viene por la laguna de los ojos, mientras veo, abrazado por la señorita Nuria, esos lugares vacíos, las casas que ya no existen, los muros desaparecidos, la invisible cocina donde alguna vez Na Costa me entregó un peso de tortillas de horno, el aire donde estuvo el corredor de Ta Onofre, la tienda de Na Manuela –atendida por su sobrino Leoncio, la pared inexistente donde anunciaban clases de salsa, cumbia y chachachá; aquel hospital en cuyo patio el verano nos regalaba mangos, almendras y ciruelos, cortados a hurtadillas hasta que el piedrazo y el grito del vigilante anunciaba la hora de correr.

 

Amelia Caballero, Mella, de pie ante el anafre, vigilando la puntual cocción del pollo, un domingo por la noche, cuando la compañera Reyna y este recordador llegaron a cenar garnachas, con media estocada entre pecho y espalda, estocada que se hundió un cuarto más, merced a la generosidad de la excelente cocinera que ofertó amables líquidos para acompañar el condumio garnachero, mientras platicamos de los tiempos idos.

 

Mella se fue a un mundo mejor (así le llaman algunos a la muerte); su hijo, el turulo Rolando, anda por el Norte de un país mal gobernado. Media casa de Mella fue duramente golpeada por los ajetreos de la tierra un siete de septiembre, la otra mitad aguarda la embestida de una máquina inmisericorde (me dicen que llegaron a Juchitán ciento sesenta monstruos de similar catadura, para acelerar la desaparición de nuestras lastimadas casas, sin compasión, sin permitir la posibilidad de salvar algunas decenas de ellas. Cuentan que un señor de apellido Nieto vendrá en enero a decir que su gobierno ha salvado a esta pequeña patria juchiteca; entre tanto, la añeja polvareda se levanta).

 

La infancia se va entre esos escombros, se la lleva también la fuerza de este viento de difuntos. Frente al 81 28 de la avenida Efraín R. Gómez le digo adiós a estas viejas casas de ladrillo.

 

 

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