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Demasiado pasado para este endeble presente

Afonso Brevedades

Ayer creí ver a un viejo amigo de cuando la primaria. Desde aquella época ya era mucho más alto y más fuerte que yo (todos eran mucho más altos y más fuertes que yo en aquella época, aún hoy. ¡Habrase visto semejante constancia!). Pero lo dicho va más allá del dato, se trataba de cualidades que él tenía y que a mí de cierta forma me beneficiaban, pues cuando algún brabucón quería dárselas de simpático conmigo, venía el grandulón a mi rescate y me libraba de una paliza segura, además de evitarme el ridículo público que cuando ocurría no me sentaba nada bien.
Pero bueno, ustedes deben saber que nada es gratis en esta vida, por cada salvada de pellejo que me daba yo me endeudaba con él. Paradójicamente, que me rescatara de los otros me ponía en riesgo de que se las cobrara conmigo si no le daba copia en los exámenes, si no le hacía las tareas todos los días, si no le compartía de mi vianda y si no le invitaba un refresco a la hora del recreo. La vida digna, sin que nadie me lo advirtiera, se me estaba convirtiendo en una relación contractual.
¿Cuál era la diferencia entre los brabucones y el grandulón que decía cuidarme? Mucha era, lo digo yo que lo conocí. Mi guarura me contaba historias que a los ocho años me resultaban increíbles, como aquella en la que él se había peleado con un cocodrilo en la laguna encantada y me mostraba su cicatriz. Ahí estaba aquella rasgadura de colmillo, me extendía el dorso de su muñeca y yo acariciaba la rugosidad de la evidencia de un duelo ganado. Los brabucones, entonces, eran unos pavos asustadizos frente al grandulón, además de poseían una esterilidad narrativa: de sus puños solo salía dolor, ninguna palabra que me transportara a las ignotas aventuras que quería vivir. ¿Esto convertía a mi héroe en un justiciero? Sí, para mí sí. Aquel tipo peligroso estaba de mi lado, y yo que era un enclenque con lentes ñoños necesitaba de una bestia que me hiciera sentir seguro. Realmente padecer el sadismo de los más fuertes es una putada de la vida que no se la deseo a nadie.
Si él luchaba contra reptiles de gran tamaño, su padre lo hacía con ballenas gigantes. Me contó que su viejo era marinero, por eso mismo le tocaba andar todo el tiempo en altamar y nunca rondaba la casa, así desde que él había nacido. Al menos eso fue lo que su madre le había dicho y a él no le cabía la menor duda de que fuera verdad. Tiempo después, justo el día que mi hermano me dio la noticia de que mi amigo el grandulón había fallecido en un accidente, me enteré que su padre construía barcos en el Puerto de Salina Cruz, en el sur de México, en el mismo lugar donde mi amigo tuvo un accidente laboral y mortal. Su padre, el marinero, como lo conocían en el barrio, había abandonado a su madre por cosas de esas que los adultos consideran suficientes para mandar a la mierda toda una vida en pareja.
Pero les decía que ayer creí verlo por una de las calles sudamericanas más tristes que he caminado. Me acerqué a él. Se trataba de un mulato de cerca de dos metros de altura, con una espalda que daba miedo mirar desde mis ciento sesenta centímetros despegado del suelo. Sin más le dije “Tú me recuerdas a un amigo que murió hace muchos años”. Él, con una sonrisa de dientes blancos, le dijo a su mujer, “Ya oyó, mi Marcia, este señor me dice que me parezco a un muertico”, y Marcia, la negra más maravillosa de todo el Chocó me externó “Seguro el muñeco del que habla era tan buen mozo como mi negro”. Le dije que sí con una sonrisa desencajada y sin poder dejar de admirarlos, de envidiarlos, de desear sus vidas antes que la mía que de un tiempo a esta parte no ancla en ningún puerto, más bien navega mar adentro y creo que desea el naufragio.
Me contaron que les tocó salir huyendo de sus tierras, que la violencia hizo de las suyas y no tuvieron muchas opciones, como tantos otros, como casi siempre con los más débiles y pobres. Aunque yo los veía sonriendo, no dejaban de hacerlo. Entonces les pregunté “¿Cómo le hacen para sacarle la vuelta a las malas rachas?”. “Sufriendo, mi amor, sufriendo uno aprende a ser feliz”, respondió la negra linda. Definitivamente, la otra cara de la moneda se sabe que está bocabajo y hay que darle vuelta a la tortilla si ésta no lo hace por sí misma.
Por todos lados escucho que la violencia llegó y se instaló y que quizá pronto se vaya, y cuando digo pronto no digo mañana, digo en cinco años, en diez, quizá en más… tal vez, por pura puta suerte, vuelva y decida reinstalarse y esta vez para siempre. La violencia hizo pedazos a un país que comencé a amar desde hace más de veinte años, reventó los débiles hilos que mantenían la cordialidad entre las personas. El único sueño, que era el de la paz y la igualdad, quedó hecho trizas y cincuenta años después comienzan a reconocerse los errores cometidos, se pronuncian los responsables y, como no pueden faltar, se dejan escuchar por horas a los que se disfrazan de únicos inocentes.
El grandulón aparece y me rescata de los brabucones, uno más malo para los malparidos aquellos. Violencia contra violencia: así aprendí que se podía vivir a salvo. Y que conste que lo intenté de otras formas, me quejé con el maestro Rómulo, le dije que me golpeaban y él por respuesta afirmaba que me lo merecía por inquieto y retozón (no se equivocaba en los dos juicios). A mis papás nunca les dije nada, ya me habían enseñado a librarme de mis problemas y pues encontré una manera de salir avante: pagar por protección. En esa época y con aquella edad quizá se llamaba de otra forma, pero hoy no encuentro otra manera de entenderlo, me tocó pagar el derecho de plaza y la protección correspondiente.
Ayer que lo vi o creí verlo, me acerqué para saludarlo y no era él, era otro, pero este otro no pudo defenderse de una violencia más alta y musculosa que él, aquí le tocó huir, salir corriendo, escapar. Pero también aprendí que huir, salir corriendo, escapar, a veces —quiero decir sólo a veces— es la acción más valiente que se puede llevar a cabo. Así que me despedí con una nueva lección del que confundí con mi viejo guardaespaldas: la cobardía vale la pena y nos da la oportunidad de regresar al lugar donde quedaron las asignaturas pendientes. Y no se trata de una venganza, más bien del perdón y el olvido, un olvido de reservorio, uno que nos permite sentirnos conscientes del pasado, pero sin repetirlo, más bien para ser mejores seres humanos.
Cuando vuelva a mi país quizá busque a los brabucones aquellos que un día se gastaron su sadismo conmigo: los veré a los ojos para decirles que los perdono, que no tengo rencores contra ellos, que me hubiera gustado que aquello no hubiera ocurrido pero que para pasados ya hay demasiados presentes. Tal vez no entiendan lo que esté haciendo frente a ellos, quizá me vuelvan a dar un sopapo y me encaminen por donde llegue, pero tal vez los convenza y me digan que están arrepentidos y me pidan disculpas y rueguen por el perdón que llevo para entregárselos. El caso es que, si no tengo éxito, pues nada, vuelvo más tarde y lo intento nuevamente. Como decimo en mi país, ¡sí se puede, la cosa es buscarle!
Por ahora soy un simple viajero que no se atreve a decir nada sobre estas tierras tan lejanas de las mías, quizá más tarde, cuando el viento frío me golpee la consciencia, ya no pueda evitar arrojar en forma de palabras tanta angustias enquistada. Mientras tanto me toca decir que Sudamérica no se ha olvidado de México, lo busca y el país pareciera negarse a una integración latinoamericana. Es posible que la vecindad con el imperio coquetee mejor que la lenta pero constante emergencia económica y social del subcontinente, éste que por momentos se presenta tan inhóspito para sus habitantes, pero que a la distancia se advierte como una posibilidad para dignificar desde la historia más lejana hasta aquella que se puede recordar con un tintico muy cerca de donde hace cincuenta años todo comenzó a salir mal por estos lares.
¡No se mueran nunca!
Bogotá, Colombia

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