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¿Quién robó las cenizas de Theodoro Borgmann del panteón de Juchitán?

Abel Toledo Gómez
No sabían quien era, creyeron que se habían robado un fino alhajero, sin saber que secuestraban el alma del extranjero que murió en tierras lejanas y ajenas. Era el alma de Theodoro Borgmann.

Por lo que se pudo leer en su lápida destrozada por manos de mentes irracionales, ahí decía que nació en Essen –Alemania en 1902 y que abandonó el mundo terrenal el 31 de mayo de 1975, en Juchitán. Don Oscar Shibayama, en una de sus cartas describe que, siendo nativo de la Ciudad de Iroshima, Japón; llegó a México en 1922, y que estuvo en Huixtla, Chiapas, lugar en el que conoció a muchos alemanes que trabajaban como agentes viajeros en la rama farmacéutica y, fue allí, donde precisamente conoció a Theodoro Borgmann. El paso del tiempo, Don Oscar Shibayama se trasladó a Juchitán para establecerse definitivamente, puso una farmacia, misma que todo Juchitán conoce hasta la fecha, como farmacia central o farmacia de Doña Mati.
Debido a su delicada salud, Theodoro Borgmann abandonó el trabajo de agente de venta de productos farmacéuticos, y teniendo como garantía de seguridad para su permanencia, se decidió quedarse en Juchitán, manifestándole a Don Oscar, sus deseos de trabajar en algo de agricultura y la cría de cerdos y aves de corral, pero en pequeña escala; el bondadoso señor Shibayama, le ofreció unas cinco hectáreas de su terreno ubicado por el rumbo del cerro igúu, pero su enfermedad le impidió cumplir sus deseos tal como lo tenía previsto, por lo que, se conformó en rentar una casita en la calle Gómez Farías, de la octava sección o barrio de cheguigo y, ahí se limitó a la cría de unos cuantos cerdos, guajolotes y patos, apoyado por el señor Paulino Orozco, de oficio panadero y sus dos hijos Mariano y Juan Manuel de 15 y 13 años respectivamente.
Tanto Theodoro Borgmann, como Don Oscar Shibayama, fueron soldados combatientes en la primera guerra mundial; el hecho de ser inmigrantes generó una amistad profunda entre los dos, el alemán fue herido de una pierna, lo que dificultaba caminar; en una ocasión, Don Oscar, viéndolo sufrir por sus piernas, le preguntó porque no se regresaba a su país, Theodoro, le dijo que, debido al problema que tenía con el corazón, le favorecía radicar en Juchitán por la altitud; sin embargo, mas tarde le confeso que también se sentía apenado, avergonzado y frustrado por no haber tenido el éxito que tuvieron sus hermanos, lo cual también era motivo de su negativa de regresar a Alemania. En las amenas charlas, el inmigrante alemán, hablaba de sus parientes en Alemania; sobre todo de un hermano de nombre W. Peter Borgmann, así como su dirección en aquel país, datos que anotó en un pedazo de cartón y se lo dio a don Oscar.
En los días en que se sentía bien de salud, acudía a la casa de Don Oscar Shibayama, con el propósito de asistir a la cantina “La flor de Cheguigo” y rematar en el “Bar taurino”, por lo general, en esos lugares llegaban para compartir con ellos, cervezas en cuartitos y copas de mezcal, el Lic. Juan Gómez “Juan niziaaba”, el señor Rosendo Pineda “Chendo Pineda”, el señor Albino Orozco “Ta bió”, el Profesor. Rosalino Torres “ Maestro “Chá” y un personaje que le decían “Chambero”. Todos ellos fueron grandes amigos del alemán y de Don Oscar, amistad que conservaron el último día de sus partidas.
El 31 de mayo de 1975, a las seis de la tarde, en su pequeña choza, víctima de un paro cardiaco, el soldado combatiente en la primera guerra mundial, Theodoro Borgmann, se despidió del mundo terrenal, y sus grandes amigos lo acompañaron al panteón miércoles santo, el día primero de junio. En ese lugar, la costumbre de la gente en Juchitán, es ofrecer flores a sus seres queridos, las mañanas de los días jueves y domingo de cada semana; durante mucho tiempo, en la lápida que cubría el cuerpo del alemán Borgmann, no faltaron las rosas, las bugambilias y las verdes hojas de cordoncillo o guiée daana, que Don Oscar Shibayama le llevaba, hasta el ultimo día cuando ya no pudo caminar debido a su enfermedad.
Los miércoles santo de cada año, la gente que acudía al panteón, veía y preguntaba, que quien fue Theodoro Borgmann, cuyo nombre se leía en la vieja lápida. Al paso del tiempo, una ingrata mujer mandó destruir la lápida y simuló una tumba nueva en ese lugar, la familia Corres Shibayama, al conocer la noticia, trató de impedir tal ilícito; pero la complicidad de autoridades municipales con la señora de mal corazón, se impusieron; por lo que al no haber otra opción, decidieron contratar los servicios de una funeraria para la exhumación de los restos de Theodoro Borgmann, acción que se realizó el 26 de febrero del 2013. Los restos óseos se convirtieron en cenizas para ser depositadas en una urna hecha de fina madera de caoba bien barnizada.
La familia de Don Oscar Shibayama, siempre mantuvo comunicación con los familiares del amigo alemán, por lo que les comentaron la decisión de enviar sus cenizas a su país. En lo que preparaban todo lo necesario en cuanto a trámites para el envío del paquete especial al extranjero, depositaron la urna en una tumba de una pariente sepultada en el panteón Domingo de Ramos. Por lo que representaba el contenido de la urna, la pusieron en un nicho de cristal, a la vista de la gente, la tumba desde luego, estaba protegida por una pequeña puerta de barrotes con un pequeño candado. Como siempre sucede, nunca faltan los que se apropian de lo ajeno hasta en los panteones; les llamó mucha atención y codicia la hermosa urna de madera fina, y pensaron que podría contener otra cosa que, objetos de mucho valor por lo fino de la cajita, por lo que en una noche, llegaron, forzaron el candado, sustrajeron la urna, evidentemente que nadie supo que rumbo tomaron, lo que si puede asegurar es que al abrir la urna, se llevaron la sorpresa de sus vidas, pus resulta que pensando en finas joyas, sin querer secuestraron el alma de Theodoro Borgmann. Si los sorprendidos delincuentes se fueron por el sur, con certeza que las cenizas volaron rumbo a la Playa Vicente, en donde quizás el hombre esté disfrutando de las bisas del mar; y si corrieron con dirección al norte, es probable que el alma, de Theodoro Borgmann, se haya quedado en la vieja estación de ferrocarril en espera del tren para experimentar una riesgosa aventura con los centroamericanos en la famosa “Bestia”….

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