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Los mundos de Sabino López

Jorge Magariño
Luego de quemar ramas secas de mezquite, huamuche y caulote, mis ojos permanecieron quietos, mirando con asombro los restos de aquel pequeño incendio matutino. Las cenizas, los carbones, la tierra quemada, me recordaron vivamente una serie de obras observadas poco tiempo atrás. Lo cual me llevó, asimismo, a pensar en la danza celebrada por las lenguas del fuego, sus diversos colores y súbitas formas.
El conjunto de piezas trabajadas sobre papel habían sido elaboradas por Sabino López, pintor juchiteco.
En efecto, las diversas texturas que miré esa mañana, como puestas en un collage sobre la superficie terrestre, son indudables hermanas de la impronta dejada por Sabino en cada una de las obras que el artista me presentó antes. El juego de sus pinceles sobre el papel va dejando coloridas huellas que invitan a ser tocadas, sentidas, acaso olfateadas, husmeadas.
Hallamos peces varios, que sobrenadan invitando a palpar sus formas; águilas batiendo alas en un anaranjado mar; mujeres que parecen emerger de la memoria, desnudas, con el cabello al aire y la proa de los senos, rompiendo el papel que la sostiene; y una metafórica milpa que se alza entre los muslos de una hembra candente.
Y la luz, esa luz del meridiano juchiteco, habitante inseparable del mundo sabiniano, que aparece una y otra vez en esos trabajos que él llama papel mosaico, que son tiras de papel entretejido, sobre los cuales aplica colores, formas, amparadas siempre por el brillo de un sol que mora en los ojos del artista.
Los chorros de luz que invaden una y otra vez el espacio en que se mueven sus dedos, aquellas formas y rugosidades, reflejan en definitiva una juchiteca alegría de vivir; incluso en la imagen de una urna funeraria, donde un esqueleto reposa sereno, sumergido en un fulgurante baño de rojos.
Su ánimo zapoteca lo lleva a cohabitar, habitar, con pájaros, iguanas, armadillos y conejos, en funciones varias, ya mostrando su adivinada esbeltez (como en una pieza elaborada a partir de la “manipulación” del humo), ya en sexuales juegos (como una iguana sorbiendo altos jugos de un trasero femenino o un pájaro carpintero, sorprendido por el pintor saboreando una deliciosa vulva).
Y esto último es, por cierto, otro de los mundos en que se mueve feliz nuestro pintor, el del erotismo. Un campo donde desfilan “púberes canéforas” de espléndido caderaje, falos lanzando al aire los ásperos vinos que dijera Cavafis; rostros en los cuales viven sonrisas pícaras, miradas brillantes, como invitando a voltear hacia abajo para hallar un paraíso afeitado; cuerpos donde se deslíe la tinta para mostrar un mundo de grises, donde habita en su ojo único el ombligo de una ninfeta.
Y el humo, ese incansable espíritu del mundo, apresado, atesorado por un demiurgo juchiteco que no se cansa de insuflarle su aliento vital. Así, le da la forma de un colibrí que se asoma a una compleja flor; una mujer recostada, acosada por una miríada de léperas lenguas; un portentoso elefante que embiste al espectador; una bailarina sorprendida en el vértigo de su equilibrio; o, de nuevo, una mujer desnuda, cubriendo –púdica- su sexo con el recato de la mano izquierda.
Vuelvo otra vez a pensar en las lenguas de fuego, en la ceniza y los carbones, en la tierra quemada, en la hierba que retornará con la lluvia próxima; en los papeles de Sabino López.
Santa María Xadani, noviembre de 2016.

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