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Miércoles Santo en el panteón

Gerardo Valdivieso Parada

Al panteón Miércoles Santo no se entra como en el “tristísimo panteón” de la canción popular, no hay “miedo ni espanto”, acaso se riega con lágrimas al muerto reciente cuya tumba es verde, hecha de palma y recatada de flores y veladoras por sus parientes. En las demás tumbas es un encuentro deseado, más cuando el familiar viene de lejos y encuentra una tumba con flores marchitas y basura, entonces procede a limpiar mientras platica con el muerto, da ordenes a sus hijos, riega agua, coloca las flores, llena los jarrones coloca la flor olorosa, la flor reverencial, la flor sagrada: la azucena. Prende las veladoras y luego procede a sentarse en alguna silla pequeña, en algún pretil y suspira, y a esa hora tal vez tenga ganas de llorar cuando afloran los recuerdos.
Mientras tanto en los caminos hay un trajinar incesante de gente que carga flores y cubetas de agua, sillas, una escoba, algún antojito que ha comprado para desayunar, asi será en toda la mañana, a la hora de la comida el sol imperdonable obliga a refugiarse en la sombra.
En la tarde de noche se escuchan algunos acordes, llegan mas familiares, se coincide con amigos y vecinos, la fecha hace coincidir a familiares o amigos que no se han visto en años. En algunas tumbas se destapan las primeras cervezas tímidamente.
Llegan los tríos, también llegan las pequeñas bandas de viento. En algunas tumbas yacen músicos ilustres como Saúl Martínez “el trovador del recuerdo” que grabó un primer disco con la banda Ada con sones tradicionales, se tocan los sones para recordarlo. Los músicos de guitarra también acuden a rendirle tributo.
También están enterrados dos músicos geniales de Cheguigo Manuel Reyes y Pedro Cabrera los dos apodados “Baxa”, el último el autor de Guie’ Cheguigu el himno de la Octava Sección, la pieza que mas se pide incluso en los sepelios. En la entrada está enterrado el poeta Macario Matus, y el mártir de la Revolución Adolfo C. Gurrión, el poeta zapoteca Francisco Sánchez Valdivieso “Pancho Nácar”.
En la noche las tumbas se alumbran con las velas, los rostros iluminados de las mujeres por los cirios platican casi a cuclillas mientras los hombres toman cervezas y ríen sin disimulo.
Afuera se degustan la comida típica: garnachas, pollo, tlayudas, se venden los dulces y cada día más caro los tamales de iguana con huevo. Mas allá la capilla de Miércoles Santos en donde se venden los cirios y las medidas, los amigos se hacen compadres al encomendar a sus hijos a la Santa Cruz.
Ahí están todavía las taberneras, cargadas de años y de recuerdos, caminan lentamente entre sus clientes, destapando la clásica cerveza de cuartito. A cierta hora de la noche se van abandonado las tumbas, sólo los trasnochados ya con varias cervezas encima cantan con lo que queda de la noche.

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