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Alta traición

Gerardo Valdivieso Parada
El doctor zapoteca Víctor de la Cruz me comentó alguna vez que José Emilio Pacheco era de uno de los peores lectores de sus poemas y agregaba también a Neruda, me aventuré a contrariarlo en esa ocasión. Neruda me parecía un buen lector de sus poemas (tiempo después le regalé un disco con la voz del poeta chileno de la serie Voz viva de México de la UNAM), en cambio Pellicer que tiene una poesía tan vital y brillante leía sus versos con demasiada lentitud que aburría le dije.
De José Emilio Pacheco no dije nada, apenas lo había leído en la biblioteca Gabriel López Chiñas de Juchitán. Sin saberlo ya era un admirador de su obra: me sabía de memoria su poema Alta traición, la tarareaba desde niño luego de escucharla una infinidad de veces en un viejo casete en cuya caratula aparecía las siglas de la COCEI, la voz era de Oscar Chávez que la cantaba, en esa misma grabación aparecía otro poema de José de Martí: La niña de Guatemala. Aparecían otras canciones tristísimas como Lágrimas del alma, De terciopelo negro, Román Castillo y una sentida milonga uruguaya por la tierra: Como yo lo siento.
Ese casete había sobrevivido del acervo de Radio XEAP del Ayuntamiento Popular que encabezó Leopoldo de Gyves de la Cruz, abruptamente cortado por la irrupción del ejército al Palacio Municipal al principio de los ochenta del siglo pasado. La radio que transmitía desde el inmueble municipal tuvo que ser desmantelado y su acervo disperso. En un país cuyo gobierno nos ignoraba, que mandaba a sus soldados a patrullar nuestros callejones polvorientos, escuchaba este poema, cuando apenas masticaba la lengua de la escuela, entraba a mis oídos, extasiado imaginaba un país que me era ajeno: “No amo mi patria. Su fulgor abstracto es inasible”. Sin embargo el poema me intuía un país cuyo rostro formaría en el aula y luego ya en la juventud, un maestro de historia me aclararía la diferencia entre país, nación y patria: “daría mi vida/por diez lugares suyos,/ciertas gentes,/puertos, bosques de pinos, fortalezas”.
Dos décadas después conocería la ciudad “viva y venenosa” de Efraín Huerta, (la calle del poeta San Juan de Letrán convertida en Eje central), viviría en ella atrapado en sus entrañas de redes viales, en el sopor de la urbe comprendería cabalmente el verso de Pacheco: “una ciudad deshecha, gris, monstruosa”. En pos de las figuras de la historia llegué al museo del INAH para escuchar una plática, ya no me acuerdo de qué tema y quiénes eran los demás conferencistas, solamente queda en mi memoria la figura de José Emilio Pacheco apoyado sobre la mesa hablando sobre la Malinche y sobre la mujer, el poeta hablaba apasionado del tema que no dejaba participar a la dama que trataba tímidamente de dar su opinión, aquello causó la risa de los presentes. Como siempre acostumbraba en sus charlas, José Emilio Pacheco quería saber la opinión de los presentes y terminado el acto invitaba al público a charlar. Me acerqué a escucharlo luego de tomar mi copa de vino. Su figura me pareció alta, de ancha espalda y su saco sin corbata charlaba con la amenidad de una persona sencilla que hablaba con sus iguales, interesado sinceramente en saber la opinión del otro, ahí estaba el poeta, con su voz suave, con sus lentes de pasta negra que acomodaba a cada rato. No me acuerdo tampoco de lo que se platicó en ese pequeño grupo en la que me mantuve silencioso. Desde entonces me interesé por su obra y acudí como fan a algunas otras presentaciones públicas, lo escuché siempre con la misma fascinación del primer poema.

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